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    Por qué no colgué la bandera (si lo hice)

    By admin | July 23, 2008

    (Para leerse oralmente en una sala de té) Benedict Anderson, en su obra Comunidades Imaginadas, postula la invención moderna de las naciones y la difusión del nacionalismo gracias a la literatura impresa y el capitalismo. La primera escisión social dentro de una comunidad ideal fue, en efecto, de corte linguistico. El latín vulgar separado del latín romano-medieval sentó las condiciones de desarrollo de lenguas romances y posterior expansión territorial. Sin embargo, la escritura no era accesible, por lo que la emergencia de prensa escrita y su comercialización permitió, en palabras de Anderson, el capitalismo-impreso. En esta ocasión quisiera identificar cuánto queda en nosotros de este mecanismo de difusión imaginaria a propósito de dos casos en particular con respecto de los símbolos patrios: la categoría de lo ’sacro’ y la sanción a causa de su profanación.

    Anderson entiende al nacionalismo como artefacto cultural de una clase particular (ver Anderson: p. 21) y a la nación como comunidad política imaginada, limitada y soberana. Imaginada porque sus miembros no se conocerán nunca entre sí pero pertenecen a una unidad pensada. Identifica, por otra parte, que América y los movimientos revolucionarios e independentistas fueron un instrumento precursores del nacionalismo criollo, incluso antes que la Europa capitalista del XIX d.C. La "bandera" se vuelve así representación de una victoria instrumentada que da razones suficientes para su exhibición pública, ya que olvidarla  deslegitíma dicha victoria y presencia del Estado moderno soberano. De la misma preeminencia que la lengua vernacular del Estado, la bandera se transforma en un símbolo de unidad . Sin embargo, se enfrentan, por un lado, la costumbre nacional-étnica y por otra, los intereses de Estado. La presencia estatal, finalmente, legitima la coherencia nacional  (límites territoriales, políticas públicas, geopolítica, etc.) o la devuelve  en categoría de "comunidad" aislada, libre, no contactada (protegida y con derechos autónomos). Algunos grupos religiosos dentro de la doctrina Evangélica, por su parte, se ven afectados al ser obligados a hacer remembranza de la Independencia y la nación mediante la figura física de la "bandera". La bandera, sin embargo, es un "emblema", no logra forjar "solidaridades particulares", como la lengua vernacular (op. cit. 189). Por lo tanto, la lucha interna se vuelve sobre las relaciones de poder a través de la lengua desde su eficacia.

    Desde el punto de vista marxista, el nacionalismo fue una anomalía incómoda (op. cit. 20). El tèrmino que emplea Marx sobre el proletariado frente a la "burguesía nacional" parece contrarrestar esta premisa, pero los teóricos marxistas posteriores confrontarán la tesis del marxismo internacional o el estalinista, dirigentes revolucionarios que terminarán a actuar como señores feudales (op. cit. 229) en el momento de tomar el control del Estado. La categoría de lo "sagrado" para los símbolos patrios nacionales impide una verdadera reflexión para pensar a la nación y su utilidad o no dentro del contexto global. Anderson finaliza su tesis afirmando que el censo, el mapa y el museo son instituciones fundamentales para extender el nacionalismo. Los símbolos patrios de carácter ’sacro’ no hacen más que confirmar el dogma de la razón Ilustrada arrastrada del XVII d.C., que traslada la blasfemia de los símbolos religiosos a los patrios. Ejemplo de esto es que la construcción de significaciones no  dista mucho de las críticas y reacciones que surgieron contra el periódico danés que publicó caricaturas de Muhammad en el sentido de "defender lo que representa" a través de algo banal, como una tela, pergamino, etc. La paradoja es la inexistencia de lo sagrado en el ámbito público y "laico". El Estado así, toma el lugar del pantócrator, quien vigila y castiga (en clara referencia al pensamiento de Foucault) manteniendo el standard y status quo de lo que se hace o no con respecto de los individuos y su relación con la Patria. Un libre re-pensar a la nación y lo que somos en o por ella, finalmente, no es posible frente a estos mecanismos de difusión nacionalista que configuran toda una simbología sagrada  en la cual su profanación se castiga como el "pecado" que  vincula. Como exordio, basta. Felices Fiestas Patrias a quienes deseen celebrarlas y a los demás, felicidades.

    ANDERSON, Benedict. Comunidades Imaginadas, 1993 FCE: México (traducción de Eduardo L. Suárez)

    Topics: God hates facts |

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